sábado, octubre 17, 2009
La amistad
Mi vida es una mezcla asombrosa, fuerzas opuestas de increíble intensidad. Las mejores suertes y las mayores desgracias aderezan mi existencia. De repente mis sueños se cumplen, de repente la vida me da un zarpazo acojonante.
Y hoy vengo a hablar de una de las maravillas que tengo la suerte de disfrutar: La amistad.
Mis amigos son unos borrachos y unos impresentables. Tienen la manía de reírse de mí, casi siempre sin razón aparente, y a menudo a un volumen que supera con creces la media nacional. Critican mi higiene, cuando todos sabemos que la suya es bastante peor. Y además son unos analfabetos digitales.
Pero son la alegría en mi vida. Me han sacado tantas sonrisas que ahora, mientras escribo estas líneas, no puedo evitar que se me escape una más, pensándolo.
Sé que puedo contar con ellos, porque lo he comprobado una y otra vez desde que era un niño. Me han regalado comprensión y cariño. Ellos, siempre con amor, han cuidado de mí.
Por cada barrera que me he encontrado, una mano amiga y una cara sonriente. Si una copa me ha sentado mal, allí estan ellos para sujetarme la frente, llevarme en brazos a mi casa, meterme en la cama, y -con un poco de suerte- aprovecharse de mí. Cada lágrima que se me ha caído, un amigo la ha secado. Con su kleenex usado, sí, pero eso mismo es lo que me ha hecho a sonreír.
Cuantas veces he querido decíroslo, y no he sabido como. Gracias por pintar tantas sonrisas en mi cara.
Y hoy vengo a hablar de una de las maravillas que tengo la suerte de disfrutar: La amistad.
Mis amigos son unos borrachos y unos impresentables. Tienen la manía de reírse de mí, casi siempre sin razón aparente, y a menudo a un volumen que supera con creces la media nacional. Critican mi higiene, cuando todos sabemos que la suya es bastante peor. Y además son unos analfabetos digitales.
Pero son la alegría en mi vida. Me han sacado tantas sonrisas que ahora, mientras escribo estas líneas, no puedo evitar que se me escape una más, pensándolo.
Sé que puedo contar con ellos, porque lo he comprobado una y otra vez desde que era un niño. Me han regalado comprensión y cariño. Ellos, siempre con amor, han cuidado de mí.
Por cada barrera que me he encontrado, una mano amiga y una cara sonriente. Si una copa me ha sentado mal, allí estan ellos para sujetarme la frente, llevarme en brazos a mi casa, meterme en la cama, y -con un poco de suerte- aprovecharse de mí. Cada lágrima que se me ha caído, un amigo la ha secado. Con su kleenex usado, sí, pero eso mismo es lo que me ha hecho a sonreír.
Cuantas veces he querido decíroslo, y no he sabido como. Gracias por pintar tantas sonrisas en mi cara.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

