Apagando las llamas de mi pantalón, me doy cuenta de que, lo que queda en la habitación cuando se ha alimentado la hoguera con todo lo que había a mano, es un humo espeso e irrespirable. Tengo derecho a mirar adelante. Tengo derecho a un futuro.
La lealtad, invisible hasta que desapareció, junto con el crédito y la confianza que emanan de ella, eran el aire que respirar. Y ahora se hace tristemente evidente que el humo de las llamas ha reemplazado cualquier cosa respirable. Y en ese momento lo único que queda es salir con vida. No hay oxígeno, ha desaparecido por completo. El tiempo empieza a pararse, a ir en contra. Salir. Con los pies en carne viva, pero salir.
Salir, porque tengo derecho. Tengo necesidad, y a esa necesidad tengo derecho. Aun con el pantalón humeante, con colgajos de piel quemada asomando por sus agujeros, exijo respeto. Veo que al otro lado de la puerta hay campos fértiles, prados de hierba mojada. Reclamo mi derecho a respirar allí, reclamo mi derecho a calmar mis pies quemados allí, exijo mi derecho a salvarme cruzando esa puerta. Tengo derecho a salir sin intromisión. Tengo ese derecho, como persona, como individuo, y exijo respeto.
miércoles, marzo 04, 2009
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