martes, noviembre 20, 2007

El impepinable sexapil de las castas

El Teleoperador dice:
El premio, sin duda, se lo lleva una pareja de treintañeros con un niño de unos ocho años; ambos van perfectamente uniformados de arriba a abajo, incluyendo ella la falda lisa por debajo de la rodilla. No me puedo creer que tengamos una edad similar. Es tan de la Sección Femenina que me pongo berraco imaginando perversiones sexuales que la hagan disfrutar como una perra, despatarrada sobre la encimera untándose mantequilla en el ojete. Y verla luego vestirse otra vez de falangista y salir como una dama. Es lo mismo que me pasa con Ana Aznar, que de tan decente que parece desearía romperle el culo, correrme en su cara, limpiarme con su pelo y todo delante de la foto de su marido, y que lo disfrute y pida más sin que deje de defender sus creencias cristianas. Joder, soy el Vizconde de Valmont.


Yo, que casi puedo oler la mantequilla mezclada, no opino sobre el 20 de noviembre... Seguiré conmemorando la muerte de Buenaventura Durruti.

martes, noviembre 13, 2007

Manipulación en El Mundo

Valoración de los políticos en Septiembre (carne) y Noviembre (negro) de 2007.
Busque las N diferencias.
(Img. Izquierda: Pablo Soto en OpenOffice)
(Img. Derecha: Carlos Malo de Molina en El Mundo)



La buena noticia es que tenemos menéame.

viernes, noviembre 09, 2007

La bomba O - (Segunda parte)

Yo, como el resto de los niños semisimpáticos de 8 años, perdía las gafas cada diez o doce días.

Esas grandes gafas pesaban como un muerto y cubrían dos terceras partes de mi cara. Empujaban mis orejas como agudizando un sentido o sintonizando una parabólica.

Y aquella tarde de agosto allí estaba yo, sentado delante del teclado del ordenador de mi hermano con mis gafas nuevas. La Máquina me parecía lo más divertido del mundo, aunque no se puede decir que me hubiera atrapado en una espiral adictiva, ni mucho menos. No hasta que aquella tarde ví la luz.

Jugando a un juego de bolos, en el que lo único que podías hacer era pulsar cualquier tecla mientras la bola pasaba por la zona central del carril, yo estaba nerviosito perdido. Recordemos que los pixels de aquella CGA eran del tamaño de un guisante. Un milisegundo de retraso en el lanzamiento y ni un bolo caería.

Histérico, no supe apuntar con mis manitas a la tecla "any key". De la emoción por acertar un pleno, pulsé dos teclas a la vez. Esas teclas fueron concretamente la "C" y otra más que no era una letra, sino una palabra: "Control".

Zas! En toda la boca! La pantalla se limpió, y de la nada apareció un texto que la llenaba completamente. Era un inglés algo raro, con muchas cuentas. Sumas, restas, multiplicaciones, divisiones y algunas cosas más.

Mientras lo leía mantenía las manos bien alejadas del teclado. No por el desconocimiento de la combinación de teclas que continuara el juego (que tampoco), sino porque aquel texto era interesante. Algún ingles debía haberlo puesto allí, escondido en el juego, pensé.

Tras unos minutos de aturdimiento, decidí despertar a mi hermano. Cuando entendió que se trataba de algún problema con La Máquina abrió los ojos de golpe y se puso en dos zancadas delante del teclado. Pulsó un par de veces una tecla, luego otras pocas teclas, y el texto desapareció.

- Espera, espera! Que casi no había terminado de leerlo! - exclamé mentiroso.
- Eso no lo toques que se estropea - dijo Alfredo. Su frase comodín en el rutina diaria con La Máquina.
- ¿Pero qué era?
- Nada.
- ¿Cómo que nada? Si yo lo he visto!
- Naaaaaaaaaaada.
- ¿Pero no sabes o no quieres decirme lo que era?

Mi hermano se sentó en la cama. Posiblemente comprendió que su siesta había terminado. Me miró y dijo con solemnidad:

- Mira, eso es una carta que un señor le ha escrito al ordenador para decirle cómo ha de ser el juego. Le dice cuantos bolos quiere, cómo de rápido tiene que ir la pelota, el color del muñeco...

- ¿¡En inglés!?

- No, en el idioma de los ordenadores: "Beisic".

Al día siguiente mis padres me dejaron ir solito a una tienda de informática que había a cien metros de mi casa. Allí entré con decisión y le dije al dependiente:

"Señor, quiero saber cuanto cuesta un diccionario para escribir cartas en Beisic".

Puede que fueran mis gafas, o quizá mis orejas de soplillo, pero debí enternecer a aquel dependiente. Se acercó al escaparate y cogió un libro medio blanco medio azul. Lo desempolvó y se acercó a mí.

- Toma, tu diccionario.
- ¿Cuanto cuesta?
- Nada, es tuyo.

sábado, noviembre 03, 2007

La bomba O - (Primera parte)

En 1986 yo tenía seis años y estaba de suerte. IBM había metido la pata hasta el fondo, y yo encontré el hueco para introducir mi palanca y mover el mundo, crear mi imperio. (Risa terrorífica).

Con la práctica totalidad del mercado en sus manos, el Gigante Azul había entrado sin saberlo en un infierno burocrático. No se sabía bien si un producto tenía hueco en algun escritorio del mundo conocido hasta que se lanzaba al mercado.

Y el milagro sucedió. Un equipo de ingenieros decidió que podían usar la placa base de los nuevos AT, enchufarle un micro 286, e integrarlo con algunos de los componentes y carcasas que sobraban a granel de los antiguos XT.

Y funcionó (casi). Un poquito de estaño por aquí, un par de taladros por allá, y voilà! Encima de haber conseguido un moderno PC AT a precio de saldo (unos $4.000), le darían salida a gran cantidad de anticuados cacharros pre-AT. No contaba con cache de procesador, pero oiga, era un AT.

En Septiembre de 1986, justo antes de entregar las primeras unidades, alguien en el laboratorio de Boca Ratón observó un pequeño problema. La inmensa mayoría de las tarjetas de expansión de los nuevos AT, que encajaban a la perfección en la placa base del 286, no cabían dentro de la carcasa del XT. Eran demasiado altas, y la tapa simplemente no cerraba. Pero en IBM había cabezas pensantes y pronto lo solucionaron: Cambiarían el nombre del producto a XT/286 (al fin y al cabo eran casi compatibles), y bajarían un poco más el precio, ya que no era un verdadero AT.

Unos dos años después mi hermano se hizo con uno. Rondó el medio millón de pesetas y era La Máquina. No un ordenata, no. La Máquina. Yo tenía 8 años y había un arma de creación masiva en mis manos (a la hora de la siesta, mientras mi hermano dormía).

Esa arquitectura ni-AT-ni-XT, era preciosamente previsible. El acceso a su disco duro de 20 MB inducía un estado letárgico sólo comparable con los segundos posteriores a un orgasmo, pero sostenido en el tiempo casi indefinidamente. Yo podía acertar, con décimas de error, el minuto y segundo en que el símbolo del sistema volvería a parpadear tras hacer una operación de lectura/escritura.

La memoria RAM rebatía el límite extremo de la velocidad de la luz. Yo dudaba seriamente que las supuestas operaciones en memoria sucedieran como se suponía. La cantidad de datos leidos tendía a infinito demasiado rápido. Posteriormente, cuando IBM lanzó los AT/286, resultó que éstos, más modernos, eran sorprendentemente más lentos.

Yo no volví a tener ordenador hasta muchos años después, pero el daño estaba hecho. El mundo nunca volvió a ser el mismo.