Yo, como el resto de los niños semisimpáticos de 8 años, perdía las gafas cada diez o doce días.
Esas grandes gafas pesaban como un muerto y cubrían dos terceras partes de mi cara. Empujaban mis orejas como agudizando un sentido o sintonizando una parabólica.
Y aquella tarde de agosto allí estaba yo, sentado delante del teclado del ordenador de mi hermano con mis gafas nuevas. La Máquina me parecía lo más divertido del mundo, aunque no se puede decir que me hubiera atrapado en una espiral adictiva, ni mucho menos. No hasta que aquella tarde ví la luz.
Jugando a un juego de bolos, en el que lo único que podías hacer era pulsar cualquier tecla mientras la bola pasaba por la zona central del carril, yo estaba nerviosito perdido. Recordemos que los pixels de aquella CGA eran del tamaño de un guisante. Un milisegundo de retraso en el lanzamiento y ni un bolo caería.
Histérico, no supe apuntar con mis manitas a la tecla "any key". De la emoción por acertar un pleno, pulsé dos teclas a la vez. Esas teclas fueron concretamente la "C" y otra más que no era una letra, sino una palabra: "Control".
Zas! En toda la boca! La pantalla se limpió, y de la nada apareció un texto que la llenaba completamente. Era un inglés algo raro, con muchas cuentas. Sumas, restas, multiplicaciones, divisiones y algunas cosas más.
Mientras lo leía mantenía las manos bien alejadas del teclado. No por el desconocimiento de la combinación de teclas que continuara el juego (que tampoco), sino porque aquel texto era interesante. Algún ingles debía haberlo puesto allí, escondido en el juego, pensé.
Tras unos minutos de aturdimiento, decidí despertar a mi hermano. Cuando entendió que se trataba de algún problema con La Máquina abrió los ojos de golpe y se puso en dos zancadas delante del teclado. Pulsó un par de veces una tecla, luego otras pocas teclas, y el texto desapareció.
- Espera, espera! Que casi no había terminado de leerlo! - exclamé mentiroso.
- Eso no lo toques que se estropea - dijo Alfredo. Su frase comodín en el rutina diaria con La Máquina.
- ¿Pero qué era?
- Nada.
- ¿Cómo que nada? Si yo lo he visto!
- Naaaaaaaaaaada.
- ¿Pero no sabes o no quieres decirme lo que era?
Mi hermano se sentó en la cama. Posiblemente comprendió que su siesta había terminado. Me miró y dijo con solemnidad:
- Mira, eso es una carta que un señor le ha escrito al ordenador para decirle cómo ha de ser el juego. Le dice cuantos bolos quiere, cómo de rápido tiene que ir la pelota, el color del muñeco...
- ¿¡En inglés!?
- No, en el idioma de los ordenadores: "Beisic".
Al día siguiente mis padres me dejaron ir solito a una tienda de informática que había a cien metros de mi casa. Allí entré con decisión y le dije al dependiente:
"Señor, quiero saber cuanto cuesta un diccionario para escribir cartas en Beisic".
Puede que fueran mis gafas, o quizá mis orejas de soplillo, pero debí enternecer a aquel dependiente. Se acercó al escaparate y cogió un libro medio blanco medio azul. Lo desempolvó y se acercó a mí.
- Toma, tu diccionario.
- ¿Cuanto cuesta?
- Nada, es tuyo.