En 1986 yo tenía seis años y estaba de suerte. IBM había metido la pata hasta el fondo, y yo encontré el hueco para introducir mi palanca y mover el mundo, crear mi imperio. (Risa terrorífica).
Con la práctica totalidad del mercado en sus manos, el Gigante Azul había entrado sin saberlo en un infierno burocrático. No se sabía bien si un producto tenía hueco en algun escritorio del mundo conocido hasta que se lanzaba al mercado.
Y el milagro sucedió. Un equipo de ingenieros decidió que podían usar la placa base de los nuevos AT, enchufarle un micro 286, e integrarlo con algunos de los componentes y carcasas que sobraban a granel de los antiguos XT.
Y funcionó (casi). Un poquito de estaño por aquí, un par de taladros por allá, y voilà! Encima de haber conseguido un moderno PC AT a precio de saldo (unos $4.000), le darían salida a gran cantidad de anticuados cacharros pre-AT. No contaba con cache de procesador, pero oiga, era un AT.
En Septiembre de 1986, justo antes de entregar las primeras unidades, alguien en el laboratorio de Boca Ratón observó un pequeño problema. La inmensa mayoría de las tarjetas de expansión de los nuevos AT, que encajaban a la perfección en la placa base del 286, no cabían dentro de la carcasa del XT. Eran demasiado altas, y la tapa simplemente no cerraba. Pero en IBM había cabezas pensantes y pronto lo solucionaron: Cambiarían el nombre del producto a XT/286 (al fin y al cabo eran casi compatibles), y bajarían un poco más el precio, ya que no era un verdadero AT.
Unos dos años después mi hermano se hizo con uno. Rondó el medio millón de pesetas y era La Máquina. No un ordenata, no. La Máquina. Yo tenía 8 años y había un arma de creación masiva en mis manos (a la hora de la siesta, mientras mi hermano dormía).
Esa arquitectura ni-AT-ni-XT, era preciosamente previsible. El acceso a su disco duro de 20 MB inducía un estado letárgico sólo comparable con los segundos posteriores a un orgasmo, pero sostenido en el tiempo casi indefinidamente. Yo podía acertar, con décimas de error, el minuto y segundo en que el símbolo del sistema volvería a parpadear tras hacer una operación de lectura/escritura.
La memoria RAM rebatía el límite extremo de la velocidad de la luz. Yo dudaba seriamente que las supuestas operaciones en memoria sucedieran como se suponía. La cantidad de datos leidos tendía a infinito demasiado rápido. Posteriormente, cuando IBM lanzó los AT/286, resultó que éstos, más modernos, eran sorprendentemente más lentos.
Yo no volví a tener ordenador hasta muchos años después, pero el daño estaba hecho. El mundo nunca volvió a ser el mismo.
sábado, noviembre 03, 2007
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